Por qué los políticos no tienen la culpa de robar

Corrupción es un término que viene de corromperse, podrirse. Implícitamente se acepta que en otro momento pudo estar sano. En la naturaleza lo podrido va dando señales progresivas hacia la putrefacción. Pero aceptar que algo nunca ha estado sano (o que siempre ha estado programado para corromperse) no sólo es difícil de aceptar por los políticamente correctos, sino que obliga a reconocer el error de haber confiado en la persona aun cuando no daba señales de estar corrompiéndose, cosa que en la naturaleza no pasa.

Complejidad y gestión del riesgo. No hemos evolucionado para entender la corrupción humana en toda su amplitud. No tenemos en cuenta que cuando hablamos de corrupción política es una mezcla de sensaciones: oportunismo, y la impunidad ya sea demostrada en la práctica, o percibida por una actitud ególatra exitosa que ha escalado pisando cabezas. A esto se une la percepción de que no se esa robando, como explicaré más adelante.

Sesgo cognitivo. Por otro lado, se une que cuando hablamos de robar, imaginamos una persona apropiándose de parte de un bien privado(*), aprovechando el despiste (sin confrontación), o tomándolo por la fuerza. ¿Puede alguien que no ha robado nunca, llegar a ser un político corrupto? En mi opinión sí. El político que roba no lo hace desde el despiste ni con la fuerza sino que el político roba de una manera negociada, modus operandi que no está en la definción que solemos tener del concepto robar. El político no ve el dinero físicamente y coge un poco, sino que además, la persona que va a trabajar “contratada por él” está tan contenta de hacerlo que está dispuesta a recompensárselo ¿cómo pueden saltar las alarmas de estar haciendo algo mal si todos están contentos?.

Otro sesgo cognitivo. El dinero es además cada día más intangible, algo –de nuevo– antinatura, un apunte contable que hace perder la noción de “valor”. Mientras que el doble de monedas o de oro ocupa dos veces más, el doble de billetes también, pero en un apunte contable no se ve el doble de cifras. El valor de la cifra es relativo a su posición. Incluso entendemos bien que algo más pequeño es más valioso, o que un billete más grande también lo sea, pero un ¿número? no. También podemos añadir el sesgo de muchos políticos de que cuando el dinero es de “todos” no es de nadie, no se puede personalizar a los afectados, ni por separado pueden reclamar cantidades (que en tal caso serían casi ridículas) y aunque no fuera así, volvemos a que el concepto de robar es quitar un bien privado, y en este caso no lo es porque es un bien público.

Poniendo solución desde el sofá de mi casa. «Algún día, cuando desde la silla de casa o el sofá se solucionen las cosas, el mundo cambiará radicalmente, porque hay muchos que lo están intentando.» ~Yo

El ser humano tiene significativos sesgos. Debemos aceptarlo. El problema no está en los políticos, el problema está en que no entendemos que hablamos de una situación de tan alta complejidad que no entendemos los sesgos. En millones de años no hemos necesitado que personas nos exijan pagar impuestos(*) para luego tener que gestionarlos a través de apuntes contables –en pro del bien común (sic).

Los hechos:

  • El político no tiene percepción de robar un bien privado sino de estar siendo recompensado (privadamente) por la gestión de un bien público.
  • El político actúa como un intermediario que decide invertir una asignación de dinero y solo ve un apunte contable.
  • Votamos a políticos que dicen hacer lo mejor por nosotros, pero cuando se demuestra que no es así (a veces) cambiamos nuestro voto por otro político que dice hacer lo mejor por nosotros.

Y aunque hablo de políticos, podemos resolver la ecuación por sustitución: médicos, farmacéuticos, abogados, aseguradoras y mutuas… Muchos pueden tener sus intereses no alineados a nosotros.

Teoría de juegos

La “teoría de juegos” es una parte de las matemáticas nos enseña que hay estrategias estables, y estrategias inestables. En la evolución, las estrategias inestables son las que no sobreviven, pero no tiene por qué ser cierto en nuestro día a día. Podemos hacer las cosas mal o hacer cosas que nos perjudiquen y que la situación no cambie.

Es lo que sucede cuando los gestores (presidente, partido político, político…) no hacen su trabajo lo mejor posible, incluso a veces su labor perjudica a mucha más gente que beneficia. El interés en forma remuneración positiva/negativa del gestor no está alineado con el de sus resultados y el de la gente a la que afectan sus decisiones, que además es la que lo vota y lo legitima.

Un problema de la democracia es que el interés del gestor/gobernador no esté alineado con el interés común.

Sistema a prueba de fraude

Si por ahora es inevitable un sistema político como el actual, ¿por dónde pasarían las posibles soluciones?

  • Remunerar por resultados. Penalizar la mala gestión, premiar la buena. Habría que demostrar que el balance ha sido positivo, y en caso negativo no ha habido intencionalidad. Hay causas ajenas que pueden afectar a los resultados. Hay elecciones que se toman desconociendo las consecuencias (no tomar una decisión también tiene consecuencias). También puede que la mala gestión salga a la luz bastante tiempo después. Remunerar según los resultados no es el único incentivo que puede tener, ya que el gestor puede no ser remunerado por su trabajo pero obtener una compensación posterior, por ejemplo con un puesto directivo en una gran empresa.
  • Evitar que el gestor sea el intermediario de la decisión. En tal caso el criterio de decisión se procuraría que no estuviera centralizado en ningún gestor para no ser vulnerable. La gestión debería ser transparente, y los encargados de tramitarla aleatorios (por impredecibles) o multitudinaria. El criterio de elección no debería ser subjetivo.
  • Más control. Se podría delegar el control en un organismo, pero tampoco se podría garantizar su imparcialidad ya que existe la paradoja de ¿quién controla al controlador?. Se podría derivar parte del presupuesto a financiar organismos de control hasta que el presupuesto a gestionar sea cercano a cero. La gestión se debe realizar con transparencia, pero sucede que una parte de la gestión de los presupuestos es secreta porque va destinada a seguridad nacional.
  • No pagar impuestos o pagar muchos menos. Según algunas corrientes de pensamiento, si no se recabaran impuestos no se podrían malversar. La solución podría pasar por que sean los ciudadanos los que paguen directamente los servicios, directamente o en forma de mutualidad. Esta opción se ha demostrado viable, pero ¿garantiza esto la buena gestión? Si es un mercado libre, la competencia entre los proveedores se supone que favorecería la gestión. El estado sería un mero coordinador y estaría reducido a su mínima expresión. Surgen retos nuevos sobre cómo se financia la ayuda social, la defensa nacional, la educación o la sanidad.
  • Gestión del riesgo. Entender y aceptar que la solución es compleja. Prever que si algo puede ocurrir, ocurrirá, y trabajar para evitarlo encontrando las partes donde está la fragilidad del sistema. También para ponerle solución lo más rápidamente posible para que tenga las menores consecuencias. Evitar la centralización de la gestión para que no sea influenciable.
  • Penas duras y aleatoriedad. Saber que en cualquier momento puede venir una inspección pero que bondadosamente aun no te ha llegado, quita la sensación de impunidad. Igualmente se ha demostrado que un castigo desproporcionado y aleatorio es lo más eficaz. Aunque no sería una medida de prevención, sí que sería disuasoria.

En último lugar somos los ciudadanos los que elegimos a los políticos y debemos exigir que realicen bien su labor, así como exigir que solvente las imperfecciones del sistema.

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(*) Los impuestos son esa parte de la propiedad privada que el Estado te exige. El estado tiene el monopolio de la violencia (Max Weber) y tiene el poder de la coacción para conseguirlos.

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